Una historia del precio de la perfección
Bajo la incesante lluvia ácida que resbala por los paneles de neón, la ciudad brilla con un resplandor artificial. El neón púrpura del anuncio holográfico de SonicMind™ se refleja en los charcos mientras me ajusto los auriculares neurales.
Hace exactamente 847 días que no escucho música compuesta por humanos. El contador en mi interfaz no miente: 20,328 horas de música generada exclusivamente para mí, adaptada a cada fluctuación de mis ondas cerebrales, cada pico de dopamina, cada valle de serotonina.
Desde las ventanas enrejadas del rascacielos corporativo donde trabajo, un enjambre de drones vigila las calles congestionadas de carteles publicitarios gigantes.
Aun cuando la metrópolis late con un bullicio incesante, su música se percibe extrañamente monótona, como si brotara de una mente única, al unísono con el pulso eléctrico de la urbe.
Recuerdo las calles antes. El vendedor ambulante tarareando algo que nadie más conocía. Un saxofón desafinado desde una ventana abierta. Sonidos que no eran para nadie en particular, y por eso eran para todos.
En la penumbra de mi minúsculo apartamento-cabina, me retiro los auriculares para frotarme los oídos. Recuerdo vagamente la última canción humana que escuché: era algo del archivo histórico, una pieza de principios de los 2020.
Tenía imperfecciones, momentos donde el ritmo se desviaba ligeramente, donde la voz se quebraba con emoción genuina. Ahora todo es matemáticamente perfecto, clínicamente optimizado para mantener mis niveles de engagement en el punto óptimo.
Hasta hace no mucho, la música era un refugio, un espacio de descubrimiento que me unía con otras personas y con historias que no eran las mías. Me conectaba con bandas locales, con canciones compuestas en los tugurios subterráneos de la ciudad, y las recomendaba en foros clandestinos.
Me gustaba el proceso de salir a buscar emociones ocultas en riffs de guitarra, en letras sinceras y en voces quebradizas por la pasión. Pero ahora, todo lo que consumo sale de un software ultra-avanzado, alimentado por infinidad de datos personales y ajustado para mantenerme enganchado el mayor tiempo posible.
Mi playlist personal es un espejo algorítmico de mi psique. El sistema ha aprendido a anticipar mis estados de ánimo incluso antes de que yo los reconozca. Cuando el estrés laboral aumenta, las melodías se ajustan sutilmente, manteniendo mi productividad en el rango aceptable para la corporación.
Pero últimamente he notado algo perturbador. Ya no puedo recordar cómo era emocionarme al descubrir nueva música. Esa sensación de conexión con otro ser humano a través de su arte, de sentir que alguien más había experimentado exactamente lo que yo sentía.
La música generativa no transmite experiencias humanas reales; es un reflejo distorsionado de mis propios patrones neuronales, un bucle de retroalimentación infinito donde solo me escucho a mí mismo.
Con la hegemonía de la música generada por IA, el intercambio creativo entre personas ha mermado. Las playlists no se comparten, los gustos no se discuten, y cada quien permanece aislado en su propio universo algorítmico.
Allá afuera, la urbe entera se mueve al compás de la misma IA: la gente deambula en la calle con los auriculares integrados, sumergida en sus propios mundos hechos a medida, pero sin ninguna chispa de improvisación. La ciudad suena como un solo track interminable.
La rebeldía intrínseca a la música urbana se ha disuelto en forma de patrones predecibles, diseñados para agradar siempre. Mi mente se ha moldeado a ritmos que me generan un disfrute constante, pero sin sorpresas.
Cuanto más escucho la playlist personalizada, más información obtiene el sistema. La corporación domina una gigantesca industria capaz de venderme productos basándose en mis estados emocionales. La música que recibo no es arte, sino un instrumento de control.
Los estudios corporativos muestran un aumento del 300% en el "engagement musical" desde la implementación masiva de los sistemas generativos.
Los niveles de productividad han aumentado, los indicadores de estrés han disminuido. Pero nadie parece preguntar qué estamos perdiendo en el proceso.
Mientras contemplo la lluvia negra que resbala por el cristal, tomo aliento y siento una extraña añoranza por los errores humanos que antes hacían la música tan especial.
Rememoro ese garaje mal insonorizado donde un grupo aficionado desafinaba en cada ensayo, pero conseguía transmitir, de algún modo, una sinceridad irrepetible. Con la IA generativa, todo está impecable y pulido, pero es imposible rastrear en esas melodías el dolor o la alegría genuina de un creador humano.
Me pregunto si esta perfección algorítmica no es una forma de muerte cultural. Hemos sacrificado la imperfección humana, la originalidad verdadera, la capacidad de ser sorprendidos y desafiados, en el altar de la optimización y la conveniencia.
El contador en mi interfaz marca otra hora de escucha perfectamente optimizada. La melodía actual se ajusta suavemente, respondiendo a mi inquietud creciente con patrones armónicos diseñados para calmarme.
Pero esta vez siento un impulso diferente. Podría simplemente pulsar "play" para anestesiarme con la banda sonora perfecta para esta melancolía, pero en cambio dejo los auriculares sobre la mesa.
Me pregunto qué pasaría si, por un día, me negara a escuchar la música producida por algoritmos y saliera a las calles en busca de un concierto clandestino. Tal vez allí, en un sótano húmedo, todavía quede un puñado de rebeldes aferrados a la vibración de los amplificadores.
Salgo al pasillo, decidido a encontrar algún destello de imperfección humana. Porque, tras tantas pistas generadas para complacerme, me he dado cuenta de que necesito desesperadamente redescubrir aquello que ningún algoritmo puede replicar:
Aquella chispa que, a pesar del futuro distópico y la tiranía de los datos, aún podría ser la clave para reconectar con una identidad perdida.